A poco más de un mes de la muerte del maestro Edilberto Mérida, su familia ha emprendido en Cusco una nueva tarea, la reforma de la casa museo que tienen en el tradicional barrio de artesanos de San Blas, lugar donde el artista trabajó hasta sus últimos días en su pequeño taller, antes de viajar a Lima, donde finalmente dejó de existir, a los ochenta y ocho años de edad.
Todas las cosas están tal cual él las ha dejado. Su hija María Antonieta sigue trabajando en el tallercito, pero no ha tocado, todavía, el caballete de su padre, donde hay un lienzo a medias, ni el mandil que sobre él ha quedado colgado, como si aún esperara a su dueño para seguir con el trabajo. Tampoco ha sacado del horno apagado algunas figuras que esperan el calor para tomar el temple de la arcilla cocida ni ha movido las espátulas, pinceles y pinturas que han quedado sobre los estantes y las mesas de labor.
Dos obreros están trabajando en la sala de exposiciones, lijan marcos de las ventanas, resanan paredes descascaradas y acomodan la alfombra del recinto, en el que parecen cobrar vida madres cargando a sus hijos en la espalda, músicos inmóviles, pastores pasivos, cristos quietos, nacimientos eternos, todos con sus gruesas manos y pies callosos, lanzando un grito silencioso y perpetuo. En una de las paredes se muestran todos los reconocimientos, premios y homenajes que se le ha hecho en vida a don Edilberto Mérida, mudos testimonios de una vida dedicada al arte y a la lucha social.
En poco tiempo las labores habrán concluido y los visitantes podrán, otra vez, acercarse a la obra de este fino artista cusqueño. Sin embargo, nada podrá llenar el vacío que ha quedado en estas antiguas paredes luego de la partida del maestro. Cuenta su hija María Antonieta que hace solo unos días un visitante extranjero llegó al taller para saludar al maestro, la fatal noticia le hizo romper en llanto y dijo que ahora no había motivo para volver al Cusco.
Y es que el trabajo de Mérida no sólo ha alcanzado los límites de la obra de arte, sino que por más de cinco décadas ha transmitido todo un sentimiento, una manera de ser del peruano olvidado, y le ha dado voz y expresión a una emoción que ha estado guardada por cientos de años. Desde que don Edilberto Mérida dejó la madera para moldear la arcilla y empezó a dar forma a sus cuerpos venosos, a sus cristos sufrientes y mujeres que parecían abarcarlo todo con sus brazos abiertos, fue poniéndole su firma al arte expresionista, que luego se trasladaría a la pintura y, en muy pocos casos, a la literatura.
Como todas las expresiones del arte popular, en otros lugares también brotaba de manos anónimas esta forma de expresión. En Pukará, Puno, algunos artesanos ensayaban piezas con expresión fuerte y violenta, de extremidades formidables, de rostros desgarrados, bocas y ojos muy expresivos, cuerpos desproporcionados, rayando con lo grotesco, casi al mismo tiempo que al artista cusqueño y se consolidaba una corriente artística que, felizmente, no ha podido ser copiada. Mérida fue quien finalmente la perfeccionó y creo piezas únicas que hoy muestran con especial orgullo algunas instituciones y colecciones privadas.
Un aspecto que hay que resaltar en la obra de Mérida es la integración que logra en la temática mestiza entre sus cristos y sus hombres y mujeres del campo. Hay piezas como aquella en que un campesino lleva en la espalda un cristo, y ambos personajes muestran en sus rostros angulosos la angustia de la carga, la responsabilidad, la culpa. En una pieza que ocupa, por ahora, el centro de la sala de exposiciones en San Blas, una mujer se levanta con el puño en alto sobre una cumbre, en la que a su vez hombres y mujeres con rostros desgarradores por el dolor, el hambre, la injusticia, también elevan sus brazos hacia el cielo, como encargándole a la mujer que ya se ha rebelado que redima sus penas.
Y en el otro extremo del sentimiento y la condición humana, una esquina de la sala es ocupada por una piedad andina, la Virgen María sostiene en su regazo a Cristo yaciente que muestra su herida sangrante y sus brazos aún se muestran venosos y tensos, mientras que la madre lo observa con su perfil anguloso y consuela con su mirada intensa. Así es Mérida, fuerte y tierno, ángel y humano, mestizo, soberbio y humilde, artista hasta el extremo.
Al pasar de los días, el tiempo, las obras de don Edilberto Mérida seguirán alzando la voz de un pueblo que se resiste. Esa fuerza se respira en los ambientes donde trabajó por más de cincuenta años y donde descansan, a la espera de la mirada de algún coleccionista, las piezas que han salido de sus manos.
María Antonieta Mérida, la hija del artista que heredó la magia de su arte en sus manos, dirige pacientemente los trabajos de restauración y acondicionamiento del nuevo museo Mérida, coordina el traslado de otras piezas desde Lima, atiende a turistas y amigos, reordena recortes periodísticos y desempolva diplomas y reconocimientos, junta piezas dejadas por su padre, se resiste aún a su ausencia, mientras que a media cuadra, frente al templo de San Blas, su madre aún siente cercanos los pasos de Don Edilberto.
Fuente/losandes.com.pe/